Un joven egresado de la Facultad
de Letras llega a la redacción del diario más tradicional de la ciudad con la
esperanza de convertirse en escritor. Su entusiasmo aumenta cuando lo designan
a la sección Policiales porque allí se
encontraban cada día historias, situaciones, personajes que parecían de ficción
o que muy bien podían ser el tema de las ficciones que ambicionaría cualquier
escritor.
En este libro, Osvaldo Aguirre
expone otro punto de vista al de las “fuentes policiales”, apunta la mirada a
las problemáticas sociales detrás de los crímenes de una sociedad y a cómo el
periodismo escribe el borrador de la historia a través de un relato consensuado
como la verdad de los hechos.
El libro fue premiado en la
categoría Relatos de no Ficción y la editorial lo enmarca como Narrativa
Argentina, sin embargo Notas en un diario
resulta difícil de clasificar. Se trata de las memorias de un escritor que
recuerda su paso como cronista policial y narra con un pulso premeditado los
pormenores de la redacción del diario y los usos y costumbres de los
periodistas.
Es necesario destacar que ya las Aguafuertes de Roberto Arlt -en el
diario Crítica de Natalio Botana- significaron un punto de referencia para la
fusión entre periodismo y literatura, lo que jerarquizó la escritura en medios
gráficos. Pero sin dudas la aparición en Argentina en 1957 de “Operación
masacre” abrió el campo al maridaje definitivo entre periodismo y literatura.
La noticia de un fusilado que vive marcó -sin pretensiones de serlo quizá-
aquella relación. La frase es altamente literaria y al mismo tiempo un hecho
novedoso; aquellas palabras constituyeron el
inicio de un camino donde podrían verse crónicas enriquecidas por un léxico
narrativo y literario que no dejaba de lado la relevancia del “hecho noticioso”
al que refería el relato.
En Rodolfo Walsh La palabra y la acción,
Eduardo Jozami repasa la figura de Walsh como
“la expresión más plena de esta imbricación entre periodismo y literatura”,
al punto extremo que las investigaciones periodísticas terminan adoptando
formas de relato ficcional y crea un nuevo género. Osvaldo Aguirre, rosarino
por adopción, defensor y cultor del género policial, repasa su inicio en el
mundo del periodismo como una oportunidad consagratoria para una carrera como
escritor. “Yo venía de estudiar Letras y tenía muy bien leídos, entre
otros, a Fray Mocho, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh. Escritores que se habían
consagrado a través del periodismo, o que habían encontrado en el periodismo un
ámbito de aprendizaje para el propio oficio de escritor. Cuando supe que me
asignaban a la sección Policiales, mi entusiasmo aumentó. Los verdaderos
suplementos literarios, pensaba, eran las secciones de noticias policiales,
porque allí se encontraban cada día historias, situaciones, personajes que
parecían de ficción o que muy bien podían ser el tema de las ficciones que
ambicionaría cualquier escritor”, apunta el periodista.
En Notas en un
diario, Aguirre elabora un compendio
de crónicas narrativas de no ficción que ponen de manifiesto aquel pensamiento
que traza un vinculo por demás de intimo y estrecho entre ambos géneros.
Narrado en primera persona, el libro genera el placer de la lectura explorando
los recovecos de la redacción de un diario y dejando implícitamente lugar al
lector para que reconozca los cruces entre el mundo de las letras y el de la
prensa. La voz del autor es la protagonista de la primera parte del libro,
donde se narra el trasfondo de la sala de redacción a partir de su propia
experiencia como redactor de la sección Policiales del diario. Aguirre no
manifiesta una valoración del trabajo del periodista, pero sí caracteriza y
describe rutinas, comportamientos y sobre todo vínculos que permiten al lector
extraer su valoración del periodismo, actualmente discutido.
Si bien el autor no se expone como abogado del diablo,
no duda en mostrar la cara menos pública y conocida del oficio del periodista.
Así, Aguirre narra cómo la oficina de prensa de la policía enviaba a la
redacción los “hechos positivos” de los operativos policiales y no se informaba
de los “hechos negativos”. “A los periodistas de la sección no les interesaba
demasiado meter la nariz donde nadie los llamaba. La palabra investigación no
conformaba parte de su diccionario. Y a nadie se le iba a ocurrir hablar de
algo que molestara a la policía”, escribe el autor. El pasaje, junto a otros de
similar aspecto donde se narran banquetes y regalos, permite el cuestionamiento
hacia, como las definiera un comisario, “dos instituciones de la ciudad”: el
diario y la policía. En este sentido, la relación del periodismo con sectores
del poder entra en discusión y permite dudar acerca de su lugar como guardián
de la democracia. Resulta difícil no pensar que los arreglos, la corrupción, el
manoseo de la verdad de los hechos y la visión de los mismos desde un único
lugar –el del poder- no se repita en la mesa de al lado de la redacción, en
cualquiera de las demás secciones.
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| La oficina de prensa de la policía era la fuente oficial del periodismo, que resolvía la noticia en cuatro paredes blancas. |
Notas en un
diario nos
presenta una cara del periodismo patas para arriba, en la que buscar la verdad
metiendo las patas en el barro e indagando sobre el móvil de un crimen quiere
decir reproducir los cables e información brindados por la oficina de prensa de
la policía. Pero Aguirre muestra entonces que hay otra manera, que aquella
rutina que dependía de la oficina de prensa policial tenía que ver, entonces,
con el conservadurismo y costumbre de los periodistas de la sección. Vale
destacar la cita del periodista donde narra un viaje por las periferias de la
ciudad, para cubrir un hecho: “Empezaba a
descubrir ese otro mundo del que hablan las crónicas policiales, el de los
pobres y condenados, la otra cara de las notas que aparecen en las secciones de
política y economía. La traducción de esas notas en términos concretos: si uno
quiere entender el significados de los programas económicos y de los planes de
gobierno (…) tiene que ir a las páginas policiales”. De esta manera, opta
por otra cara, desde otro punto de vista y -a diferencia de Rodolfo Walsh, uno
de los escritores que mayor influencia ejerció sobre Aguirre- observa al
policial como un género politizado. “Allí, en los crímenes de una sociedad, se pueden encontrar
características y comportamientos que permitan conocer el lugar donde uno vive
y la relaciones entre distintos sectores de la misma”, expresa el autor.
El libro es un entramado
de textos que bien debería alarmar a cualquier ministro de Seguridad, pero, más allá de eso, el trabajo logra también alertar sobre ejercicio del periodismo y abre la reflexión en ese
sentido. El autor muestra cierta empatía con los periodistas tradicionales de
la sección y describe rutinas de trabajo que – en palabras de Aguirre- eran más
papistas que el Papa. En consideración de estos aspectos pueden observarse
varios pasajes de las crónicas donde se describe el modo de trabajo en la sala
de redacción: “Los partes, justamente por precaución, omitían identificar a las
personas de las que se hablaba, por lo que la rutina incluía llamar a la
oficina de prensa para obtener esos datos. Éramos más papistas que el Papa. Y
no creo que haya algo peor, algo más miserable que ser más policías que la
propia policía”; o el párrafo donde apunta que “salir a la calle, escuchar
otras voces, cualquier otra voz que no fuera la policía, era respirar”; o el
recuerdo de que para un jefe de la sección “había que ir a la comisaría,
siempre, y ver si ahí se podía resolver la nota”.
Estas observaciones no pueden tomarse
como incidentales, ya que la policía tomaba protagonismo hasta en las imágenes
que ilustraban la nota. Así pues, Aguirre relata que los operativos de drogas
se publicaban siempre con dos fotos: la de los envoltorios con la cocaína o la
marihuana, o lo que fuera, y la de los policías que la habían detectado. El
alcance de las palabras se amplía y culmina con una especie de pintura de
aquellos años del periodismo policial en la ciudad. No se trata solamente de
una historia personal, de una experiencia de vida o memorias de un cronista,
sino que se da cuenta de un oficio complejo y –por momentos- conservador del
orden vigente. El autor deja al lector la (in) grata tarea de husmear qué
sucede dentro de la sala de una redacción, ese lugar que se erige como
sacrosanto. En ese sentido, vale citar un pasaje que brinda claridad sin temer
sacrificar el honor de los guardianes de la democracia: “Carlitos (…) elegía un tema sin un criterio visible: no se trataba
necesariamente de lo más destacado, podía ser local, nacional, o de cualquier
lugar remoto. Su punto de vista resultaba nítido, defendía la posición de la
policía y reproducía estereotipos bien definidos. (…) nunca cuestionaba nada
que pudiera precisarse. Poca droga decía, por caso, sobre un procedimiento en
el barrio de la Pepsi y a renglón seguido aclaraba: pero el operativo se
cumplió con éxito.
-
Nosotros no podemos darnos el lujo de criticar a la policía –me dijo, cuando
vino a pararme el carro por la primera nota que hice sobre una denuncia de
apremios ilegales. Sería como escupir la mano que nos da de comer”. Esta
figura, a primera lectura de sentido metafórico, se hace literal cuando Aguirre
refiere a los encuentros con la policía fuera de la sala de redacción,
en asados organizados por las fuerzas del orden en la propia seccional o en
clubes de barrio donde los agasajados eran los periodistas.
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| "Poca droga, pero el operativo se cumplió con éxito". Los vínculos entre el periodismo y las esferas del poder. |
Aguirre repasa en alguno de los textos la
“cobertura” que se realizaba sobre determinados casos. Expone así cómo se
realizaba el paseo de los presos, un
procedimiento de trabajo que no demandaba ningún tipo de explicación a los
fotógrafos, duchos ya en la tradición de montar una escena. Consistía en
fotografiar al preso en un pasillo de la jefatura mientras un comisario lo
tomaba serio del brazo, tapando la cabeza del delincuente con una campera.
También –describe Aguirre- se atribuían cosas que no hacían, como por ejemplo,
cuando un delincuente buscado se entregaba en los Tribunales, los periodistas
le concedían su captura a la policía: los prófugos no querían entregarse sino
que se sentían acorralados por la búsqueda policial. “El papel del cronista consistía
en certificar la versión oficial”, remarca.
El relato se vuelve obsceno de
arreglos, gallos y medianoche. Conviven el periodista y el escritor para
escribir este borrador que cuenta historias que hacen a la historia del
periodismo. Se nutre del periodismo y halla en éste “un ámbito de aprendizaje para el propio
oficio de escritor”, no solo para agilizar la escritura, sino sobre todo para
conocer “historias, situaciones, personajes que parecían de ficción o que muy
bien podían ser el tema de las ficciones que ambicionaría cualquier escritor”.
Es paradójico entonces que
Aguirre haya obtenido con este libro el primer premio del concurso Ciudad de Rosario en la categoría Relato de no
ficción. Notas… es una reunión
de relatos que concluye con el primer pago: los tres primeros meses, todos de
una sola vez, al tercer mes, por supuesto. En ese sentido Aguirre cuenta de qué
se trata ser periodista en un diario del interior del país, aunque la
experiencia bien podría trasladarse a cualquier medio de comunicación. Los
vales para publicar una revista, el hecho insólito en la historia del diario de
ingresar quince nuevos periodistas de una sola vez, salas de redacción no
demasiado grandes, sin ventanas, con demasiadas personas, máquinas y
escritorios, la dificultad de integrarse con los viejos periodistas, son
algunas de las características que nos llevan a ese mundo en el que conviven
tanto la pasión como la desidia.
Las historias que conforman Notas en un diario cuestionan de alguna
manera ese ámbito, con el buen tino de no explicitar las críticas sino dejarlas
libradas al lector. Así, hasta la rutina diaria de la corrección de un material
queda deschavada y nos permite entender porque a veces no entendemos qué quiere
decir el diario. “Un material pasaba por
cinco versiones (…) tantos controles no hacían más que multiplicar la
posibilidad de cometer errores. Era un sistema que favorecía los descuidos,
porque cada uno de los niveles daba por descontado que el anterior había hecho
una corrección exhaustiva del material. Y a veces un material llegaba a
publicarse sin que nadie, en realidad, lo hubiese mirado más o menos
detenidamente”, recuerda el autor.
La tercera parte del libro – Retratos hablados- dice lo que no
cuentan los diarios de las noticias (“Los diarios hablan de todo; salvo de lo
diario”). El autor presenta en este ¿capítulo, parte, sección? estas historias
mínimas detrás de los crímenes que llenan las páginas de policiales, que
humanizan tanto al policía que vigila una barra brava, como al asesino. Aguirre
aporta de esta manera elementos para “conocer a las sociedades por los crímenes
que ocurren en ella” y retoma una charla narrada al principio del libro:
escuchar siempre las dos campanas.
El periodista
“El periodista no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y
el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la
realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad,
entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento
de quien las está viendo por primera vez”. Las palabras corresponden a
Tomás Eloy Martínez y son traídas a colación porque dentro de ese encuadre bien
podría ubicarse el modo en que Aguirre presenta el oficio, al menos desde su
memoria periodística. Porque además de presentar una redacción oxidada, el
autor se muestra como un perspicaz observador de lo que no hay que hacer.
Reconoce la urgencia de la noticia y el afán de la primicia: “A veces le pedís información a la policía y
te dicen <<Secreto de Sumario>>. Pero yo tengo que informar a la
gente, esto es una profesión de servicio, yo no puedo esperar tres meses”;
pero opta también por mostrar esa cara que nos permite “reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad”.
Y en este sentido, el de optar
por un camino en el sendero del periodismo, Aguirre habla –mucho- de la
profesión a través de las frases que abren los capítulos de Notas en un diario. Así, podremos leer
lo que oportunamente ya citamos (“Los diarios hablan de todo; salvo de lo
diario”) y a Janet Malcolm que asevera que el periodista es un hombre de
confianza para luego traicionarla. Pero –no por casualidad- son las palabras de
Joseph Wambaugh las que nos enfrentan a la ética de un periodista. Dice el
escritor norteamericano: “Cuando uno de
los asesinos me preguntó si yo le creía cuando dijo que no había disparado
contra el policía (y en aquel momento yo había entrevistado a muchos testigos y
tenía gran acopio de información, de manera que no le creía), le dije que sí,
que le creía, porque deseaba que el hombre continuara hablando, porque mi
responsabilidad última no era con esa persona. Mi responsabilidad última era
con el libro”. Porque lo que le interesa a un periodista es contar una
historia, que perfectamente puede ser noticia, o ser transformada en ella. La
frase, que abre el capítulo que cierra el libro, nos traslada al principio de Notas… donde Aguirre remarca dos
entrevistas que lo marcaron, según indica. “El
periodista escribía no la primera versión de la historia, como creía Loiácono,
sino aquello que borraba la historia, que la sepultaba en nombre de la ley, de
lo que unía a los ciudadanos, de las tradiciones y los valores sociales. Y
sobre sus escombros, con palabras claras, con el adjetivo justo para poner una
pizca de sabor, en una frase que era un párrafo y lo decía todo de una vez,
construía un relato al que llamaba la verdad de los hechos”.
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| El periodista escribe el borrador de la historia bajo un relato que denomina arbitrariamente "la verdad de los hechos". |
Aguirre anticipa que mostrará tan
solo una parte de todo cuando describe lo que quizá es su pasión: el género
negro. Al respecto, señala que en la crónica policial la información “circula a través de formas particulares”,
donde “el rumor y el dossier, la
denuncia, entre otras, cobran en sus páginas una importancia que no se verifica
con la misma intensidad en el resto de los géneros periodísticos”. “El relato
de los sucesos se construye en un equilibrio inestable entre lo que aparece
expuesto y algo que no se manifiesta, o que apenas asoma a la superficie y por
su mismo carácter velado parece asumir múltiples significados y
determinaciones. Si hay algo que interesa al público es conocer aquello que
resulta difícil de captar, que existía de modo inadvertido y emergió
repentinamente, de modo indirecto, disfrazado como un sueño, a través de un
crimen, un asalto, una situación límite”. Como escribir en un diario, tal
vez.
Aguirre habla a través de lo que
escribe, dice más de lo que se lee, y eso es lo que se espera de cualquier buen
escritor.



