jueves, 27 de septiembre de 2012

Notas en un diario, o el borrador de la historia


Un joven egresado de la Facultad de Letras llega a la redacción del diario más tradicional de la ciudad con la esperanza de convertirse en escritor. Su entusiasmo aumenta cuando lo designan a la sección Policiales porque allí se encontraban cada día historias, situaciones, personajes que parecían de ficción o que muy bien podían ser el tema de las ficciones que ambicionaría cualquier escritor.
En este libro, Osvaldo Aguirre expone otro punto de vista al de las “fuentes policiales”, apunta la mirada a las problemáticas sociales detrás de los crímenes de una sociedad y a cómo el periodismo escribe el borrador de la historia a través de un relato consensuado como la verdad de los hechos.
El libro fue premiado en la categoría Relatos de no Ficción y la editorial lo enmarca como Narrativa Argentina, sin embargo Notas en un diario resulta difícil de clasificar. Se trata de las memorias de un escritor que recuerda su paso como cronista policial y narra con un pulso premeditado los pormenores de la redacción del diario y los usos y costumbres de los periodistas. 


Es necesario destacar que ya las Aguafuertes de Roberto Arlt -en el diario Crítica de Natalio Botana- significaron un punto de referencia para la fusión entre periodismo y literatura, lo que jerarquizó la escritura en medios gráficos. Pero sin dudas la aparición en Argentina en 1957 de “Operación masacre” abrió el campo al maridaje definitivo entre periodismo y literatura. La noticia de un fusilado que vive marcó -sin pretensiones de serlo quizá- aquella relación. La frase es altamente literaria y al mismo tiempo un hecho novedoso; aquellas palabras constituyeron el inicio de un camino donde podrían verse crónicas enriquecidas por un léxico narrativo y literario que no dejaba de lado la relevancia del “hecho noticioso” al que refería el relato.

En Rodolfo Walsh La palabra y la acción, Eduardo Jozami repasa la figura de Walsh como “la expresión más plena de esta imbricación entre periodismo y literatura”, al punto extremo que las investigaciones periodísticas terminan adoptando formas de relato ficcional y crea un nuevo género. Osvaldo Aguirre, rosarino por adopción, defensor y cultor del género policial, repasa su inicio en el mundo del periodismo como una oportunidad consagratoria para una carrera como escritor. Yo venía de estudiar Letras y tenía muy bien leídos, entre otros, a Fray Mocho, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh. Escritores que se habían consagrado a través del periodismo, o que habían encontrado en el periodismo un ámbito de aprendizaje para el propio oficio de escritor. Cuando supe que me asignaban a la sección Policiales, mi entusiasmo aumentó. Los verdaderos suplementos literarios, pensaba, eran las secciones de noticias policiales, porque allí se encontraban cada día historias, situaciones, personajes que parecían de ficción o que muy bien podían ser el tema de las ficciones que ambicionaría cualquier escritor”, apunta el periodista.

En Notas en un diario,  Aguirre elabora un compendio de crónicas narrativas de no ficción que ponen de manifiesto aquel pensamiento que traza un vinculo por demás de intimo y estrecho entre ambos géneros. Narrado en primera persona, el libro genera el placer de la lectura explorando los recovecos de la redacción de un diario y dejando implícitamente lugar al lector para que reconozca los cruces entre el mundo de las letras y el de la prensa. La voz del autor es la protagonista de la primera parte del libro, donde se narra el trasfondo de la sala de redacción a partir de su propia experiencia como redactor de la sección Policiales del diario. Aguirre no manifiesta una valoración del trabajo del periodista, pero sí caracteriza y describe rutinas, comportamientos y sobre todo vínculos que permiten al lector extraer su valoración del periodismo, actualmente discutido.

Si bien el autor no se expone como abogado del diablo, no duda en mostrar la cara menos pública y conocida del oficio del periodista. Así, Aguirre narra cómo la oficina de prensa de la policía enviaba a la redacción los “hechos positivos” de los operativos policiales y no se informaba de los “hechos negativos”. “A los periodistas de la sección no les interesaba demasiado meter la nariz donde nadie los llamaba. La palabra investigación no conformaba parte de su diccionario. Y a nadie se le iba a ocurrir hablar de algo que molestara a la policía”, escribe el autor. El pasaje, junto a otros de similar aspecto donde se narran banquetes y regalos, permite el cuestionamiento hacia, como las definiera un comisario, “dos instituciones de la ciudad”: el diario y la policía. En este sentido, la relación del periodismo con sectores del poder entra en discusión y permite dudar acerca de su lugar como guardián de la democracia. Resulta difícil no pensar que los arreglos, la corrupción, el manoseo de la verdad de los hechos y la visión de los mismos desde un único lugar –el del poder- no se repita en la mesa de al lado de la redacción, en cualquiera de las demás secciones.

La oficina de prensa de la policía era la fuente oficial del periodismo, que resolvía la noticia en cuatro paredes blancas.


Notas en un diario nos presenta una cara del periodismo patas para arriba, en la que buscar la verdad metiendo las patas en el barro e indagando sobre el móvil de un crimen quiere decir reproducir los cables e información brindados por la oficina de prensa de la policía. Pero Aguirre muestra entonces que hay otra manera, que aquella rutina que dependía de la oficina de prensa policial tenía que ver, entonces, con el conservadurismo y costumbre de los periodistas de la sección. Vale destacar la cita del periodista donde narra un viaje por las periferias de la ciudad, para cubrir un hecho: “Empezaba a descubrir ese otro mundo del que hablan las crónicas policiales, el de los pobres y condenados, la otra cara de las notas que aparecen en las secciones de política y economía. La traducción de esas notas en términos concretos: si uno quiere entender el significados de los programas económicos y de los planes de gobierno (…) tiene que ir a las páginas policiales”. De esta manera, opta por otra cara, desde otro punto de vista y -a diferencia de Rodolfo Walsh, uno de los escritores que mayor influencia ejerció sobre Aguirre- observa al policial como un género politizado. “Allí, en los crímenes de una sociedad, se pueden encontrar características y comportamientos que permitan conocer el lugar donde uno vive y la relaciones entre distintos sectores de la misma”, expresa el autor.

El libro es un entramado de textos que bien debería alarmar a cualquier ministro de Seguridad, pero, más allá de eso,  el trabajo logra también  alertar sobre ejercicio del periodismo y abre la reflexión en ese sentido. El autor muestra cierta empatía con los periodistas tradicionales de la sección y describe rutinas de trabajo que – en palabras de Aguirre- eran más papistas que el Papa. En consideración de estos aspectos pueden observarse varios pasajes de las crónicas donde se describe el modo de trabajo en la sala de redacción: “Los partes, justamente por precaución, omitían identificar a las personas de las que se hablaba, por lo que la rutina incluía llamar a la oficina de prensa para obtener esos datos. Éramos más papistas que el Papa. Y no creo que haya algo peor, algo más miserable que ser más policías que la propia policía”; o el párrafo donde apunta que “salir a la calle, escuchar otras voces, cualquier otra voz que no fuera la policía, era respirar”; o el recuerdo de que para un jefe de la sección “había que ir a la comisaría, siempre, y ver si ahí se podía resolver la nota”.

Estas observaciones no pueden tomarse como incidentales, ya que la policía tomaba protagonismo hasta en las imágenes que ilustraban la nota. Así pues, Aguirre relata que los operativos de drogas se publicaban siempre con dos fotos: la de los envoltorios con la cocaína o la marihuana, o lo que fuera, y la de los policías que la habían detectado. El alcance de las palabras se amplía y culmina con una especie de pintura de aquellos años del periodismo policial en la ciudad. No se trata solamente de una historia personal, de una experiencia de vida o memorias de un cronista, sino que se da cuenta de un oficio complejo y –por momentos- conservador del orden vigente. El autor deja al lector la (in) grata tarea de husmear qué sucede dentro de la sala de una redacción, ese lugar que se erige como sacrosanto. En ese sentido, vale citar un pasaje que brinda claridad sin temer sacrificar el honor de los guardianes de la democracia: “Carlitos (…) elegía un tema sin un criterio visible: no se trataba necesariamente de lo más destacado, podía ser local, nacional, o de cualquier lugar remoto. Su punto de vista resultaba nítido, defendía la posición de la policía y reproducía estereotipos bien definidos. (…) nunca cuestionaba nada que pudiera precisarse. Poca droga decía, por caso, sobre un procedimiento en el barrio de la Pepsi y a renglón seguido aclaraba: pero el operativo se cumplió con éxito.
- Nosotros no podemos darnos el lujo de criticar a la policía –me dijo, cuando vino a pararme el carro por la primera nota que hice sobre una denuncia de apremios ilegales. Sería como escupir la mano que nos da de comer”. Esta figura, a primera lectura de sentido metafórico, se hace literal cuando Aguirre refiere a los encuentros con la policía fuera de la sala de redacción, en asados organizados por las fuerzas del orden en la propia seccional o en clubes de barrio donde los agasajados eran los periodistas.

"Poca droga, pero el operativo se cumplió con éxito". Los vínculos entre el periodismo y las esferas del poder.


Aguirre repasa en alguno de los textos la “cobertura” que se realizaba sobre determinados casos. Expone así cómo se realizaba el paseo de los presos, un procedimiento de trabajo que no demandaba ningún tipo de explicación a los fotógrafos, duchos ya en la tradición de montar una escena. Consistía en fotografiar al preso en un pasillo de la jefatura mientras un comisario lo tomaba serio del brazo, tapando la cabeza del delincuente con una campera. También –describe Aguirre- se atribuían cosas que no hacían, como por ejemplo, cuando un delincuente buscado se entregaba en los Tribunales, los periodistas le concedían su captura a la policía: los prófugos no querían entregarse sino que se sentían acorralados por la búsqueda policial. “El papel del cronista consistía en certificar la versión oficial”, remarca.

El relato se vuelve obsceno de arreglos, gallos y medianoche. Conviven el periodista y el escritor para escribir este borrador que cuenta historias que hacen a la historia del periodismo. Se nutre del periodismo y halla en éste “un ámbito de aprendizaje para el propio oficio de escritor”, no solo para agilizar la escritura, sino sobre todo para conocer “historias, situaciones, personajes que parecían de ficción o que muy bien podían ser el tema de las ficciones que ambicionaría cualquier escritor.

Es paradójico entonces que Aguirre haya obtenido con este libro el primer premio del concurso Ciudad de Rosario en la categoría Relato de no ficción. Notas… es una reunión de relatos que concluye con el primer pago: los tres primeros meses, todos de una sola vez, al tercer mes, por supuesto. En ese sentido Aguirre cuenta de qué se trata ser periodista en un diario del interior del país, aunque la experiencia bien podría trasladarse a cualquier medio de comunicación. Los vales para publicar una revista, el hecho insólito en la historia del diario de ingresar quince nuevos periodistas de una sola vez, salas de redacción no demasiado grandes, sin ventanas, con demasiadas personas, máquinas y escritorios, la dificultad de integrarse con los viejos periodistas, son algunas de las características que nos llevan a ese mundo en el que conviven tanto la pasión como la desidia.

Las historias que conforman Notas en un diario cuestionan de alguna manera ese ámbito, con el buen tino de no explicitar las críticas sino dejarlas libradas al lector. Así, hasta la rutina diaria de la corrección de un material queda deschavada y nos permite entender porque a veces no entendemos qué quiere decir el diario. “Un material pasaba por cinco versiones (…) tantos controles no hacían más que multiplicar la posibilidad de cometer errores. Era un sistema que favorecía los descuidos, porque cada uno de los niveles daba por descontado que el anterior había hecho una corrección exhaustiva del material. Y a veces un material llegaba a publicarse sin que nadie, en realidad, lo hubiese mirado más o menos detenidamente”, recuerda el autor.

La tercera parte del libro – Retratos hablados- dice lo que no cuentan los diarios de las noticias (“Los diarios hablan de todo; salvo de lo diario”). El autor presenta en este ¿capítulo, parte, sección? estas historias mínimas detrás de los crímenes que llenan las páginas de policiales, que humanizan tanto al policía que vigila una barra brava, como al asesino. Aguirre aporta de esta manera elementos para “conocer a las sociedades por los crímenes que ocurren en ella” y retoma una charla narrada al principio del libro: escuchar siempre las dos campanas.

El periodista
El periodista no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué y el cómo de las cosas con el deslumbramiento de quien las está viendo por primera vez”. Las palabras corresponden a Tomás Eloy Martínez y son traídas a colación porque dentro de ese encuadre bien podría ubicarse el modo en que Aguirre presenta el oficio, al menos desde su memoria periodística. Porque además de presentar una redacción oxidada, el autor se muestra como un perspicaz observador de lo que no hay que hacer. Reconoce la urgencia de la noticia y el afán de la primicia: “A veces le pedís información a la policía y te dicen <<Secreto de Sumario>>. Pero yo tengo que informar a la gente, esto es una profesión de servicio, yo no puedo esperar tres meses”; pero opta también por mostrar esa cara que nos permite “reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad”.
Y en este sentido, el de optar por un camino en el sendero del periodismo, Aguirre habla –mucho- de la profesión a través de las frases que abren los capítulos de Notas en un diario. Así, podremos leer lo que oportunamente ya citamos (“Los diarios hablan de todo; salvo de lo diario”) y a Janet Malcolm que asevera que el periodista es un hombre de confianza para luego traicionarla. Pero –no por casualidad- son las palabras de Joseph Wambaugh las que nos enfrentan a la ética de un periodista. Dice el escritor norteamericano: “Cuando uno de los asesinos me preguntó si yo le creía cuando dijo que no había disparado contra el policía (y en aquel momento yo había entrevistado a muchos testigos y tenía gran acopio de información, de manera que no le creía), le dije que sí, que le creía, porque deseaba que el hombre continuara hablando, porque mi responsabilidad última no era con esa persona. Mi responsabilidad última era con el libro”. Porque lo que le interesa a un periodista es contar una historia, que perfectamente puede ser noticia, o ser transformada en ella. La frase, que abre el capítulo que cierra el libro, nos traslada al principio de Notas… donde Aguirre remarca dos entrevistas que lo marcaron, según indica. “El periodista escribía no la primera versión de la historia, como creía Loiácono, sino aquello que borraba la historia, que la sepultaba en nombre de la ley, de lo que unía a los ciudadanos, de las tradiciones y los valores sociales. Y sobre sus escombros, con palabras claras, con el adjetivo justo para poner una pizca de sabor, en una frase que era un párrafo y lo decía todo de una vez, construía un relato al que llamaba la verdad de los hechos”.

El periodista escribe el borrador de la historia bajo un relato que denomina arbitrariamente "la verdad de los hechos".
El lector espera que Aguirre cuente su experiencia personal; las críticas, lo mismo. Es decir, todos esperamos que Aguirre nos dé un poco del periodismo del que nos alimentamos todos los días: deschave, amarillismo, chimentos, nombres que poco aportan, ensañamiento, y talk show. El autor no escribe este libro como periodista, aunque se trate de sus memorias hasta el momento en que llegó a ser personal efectivo del diario, aunque se nutra de las historias diarias de la sección Policiales. Se trata de una aproximación al mundo periodístico, de la manera que Ryzsard Kapuscinsky definió como “vivir en estado de esquizofrenia”: ser corresponsal de agencia y guardar, “en algún pequeño lugar del corazón y de la mente”, algo para las ambiciones personales.

Aguirre anticipa que mostrará tan solo una parte de todo cuando describe lo que quizá es su pasión: el género negro. Al respecto, señala que en la crónica policial la información “circula a través de formas particulares”, donde “el rumor y el dossier, la denuncia, entre otras, cobran en sus páginas una importancia que no se verifica con la misma intensidad en el resto de los géneros periodísticos”. “El relato de los sucesos se construye en un equilibrio inestable entre lo que aparece expuesto y algo que no se manifiesta, o que apenas asoma a la superficie y por su mismo carácter velado parece asumir múltiples significados y determinaciones. Si hay algo que interesa al público es conocer aquello que resulta difícil de captar, que existía de modo inadvertido y emergió repentinamente, de modo indirecto, disfrazado como un sueño, a través de un crimen, un asalto, una situación límite”. Como escribir en un diario, tal vez.

Aguirre habla a través de lo que escribe, dice más de lo que se lee, y eso es lo que se espera de cualquier buen escritor.



OE


Camino ligero por la avenida -tal vez excedidamente prevenido y prejuicioso-  y me aferro a mis pertenencias, que son poco más que poco. A pesar de ello, las cuido y no sé de qué las cuido, porque solo veo gente caminando, baldeando la vereda, circulando por bicisendas hacia el centro, autos que entran a la ciudad, otros que salen.
Es la primera vez que visito el edificio del Distrito Oeste de la ciudad, una mole de cemento construida y preparada para atender a las más de cien mil personas que viven en esta zona. El del Oeste fue el primero que se inauguró y es parte de la descentralización que se puso en marcha a partir de 2004 con el fin de crear “minimunicipios” que controlen la eficiencia de la gestión municipal.

***

“El distrito” tiene en un borde el Camino de los Muertos, en otro las vías del ex ferrocarril Belgrano y los límites de la ciudad. El viento no es amable con los que comienzan a hacer la cola para entrar, a las seis de la mañana, sobre la playa enorme que antecede a las puertas.Víctimas de la intemperie hacen pasos cortitos buscando el sol que se esconde tras la arboleda de enfrente. Del otro lado de la calle la gente brota de los pasillos como hormigas. Una puerta se abre por el viento y una casilla humilde queda al desnudo. Nada sobra, todo falta.
Por la avenida que rememora al primer trabajador los colectivos pasan repletos de personas que van apretadas, empujadas, incomodas, hacinadas como animales. Zoociedad moderna, pienso.Una entrada, una salida a la ciudad. Miles de autos que cargan ilusiones fulanas. Pocos imaginan la dura realidad de la zona oeste de la ciudad, qué historias guardan esos pasillos. Allí los hemos puesto todos, ellos y nosotros.

Uno que en otra vida fue un churrero –camisa blanca sobre sueter, gorra roja de estación de servicio y barba raída- viene a mitigar el hambre de la fría mañana por 1 pesito la factura. Madres con sus hijos en brazos esperan –ilusamente- que alguien les ceda el lugar en la cola. Los perros van y vienen, olfatean piernas nuevas buscando, tal vez, nuevos amos. Todos esperan que el reloj dé finalmente las ocho. Hace más de dos horas aguardan y ruegan puntualidad. De repente la puerta se abre. Se eleva un murmullo, una especie de éxtasis mañanero. Presurosa y prolijamente la masa comienza a entrar sin perder el lugar de la cola. Por tramos el de las seis aparece atrás del que llegó a las siete, pero a llegar al primer piso -destino invariable de todos los que hacen la cola- una clase de pacto ubica mágicamente a cada uno su lugar, y se conserva la paz.

Un San Pedro de la administración nos espera en la puerta del Registro Civil. Sin decir una palabra acatará toda la atención. De pronto, una vez que logró el silencio de más de 200 personas con tan solo una mirada, comienza a organizar este asuntito. Un tanto antiguo en el método, pero no por ello menos práctico y eficaz, el hombre da indicaciones a puro grito: "cambio de domicilio a la derecha, DNI a la izquierda, por casamiento al fondo; cualquier otro trámite, espere."  Y en menos de quince minutos la cola que tardó horas en armarse se disolvió.

38 oficinas, una sucursal del banco municipal, venta de tarjetas magnéticas, una dependencia de la EPE, un centro de salud, 18 bancos de espera. La mayor parte de la gente que llega al primer piso es atendida en las cuatro oficinas que corresponden al Registro Civil. Resulta difícil no preguntarse qué hay en las otras 34.

***

Caras, caretas y carotas se hacen presentes. Los empleados se cruzan de una oficina a otra y en el camino explican a los recién llegados (ya son las nueve) que no van a ser atendidos, que para eso deben ir “a hacer la cola a eso de las cinco o las seis”. Iracundos y resignados se marchan sin poder cambiar su suerte. Cabellos de todos los colores, padres que parecen hermanos de sus hijos, inmigrantes del norte, algunos chicos bien, estudiantes, sacrificados trabajadores, madrecitas y madrazas, empleados bien dispuestos y de los otros, panzas hinchadas por el hambre y por el hombre, la descentralización y la exclusión.
Todo convive allí, en el oeste de la ciudad, tan lejos y tan cerca.
A las doce en punto se cierran las puertas. A las trece, todo el mundo afuera y como dice el viejo catalán, "vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza". Y los rostros agobiados, a pesar de tener la burocracia más cerca.

viernes, 14 de septiembre de 2012


Busqué, busqué mucho hasta que finalmente lo encontré. Estaba guardado entre otros papeles. Amarillos, secos, marcados, rotos, hojeados, olvidados, tremendos. No recuerdo bien qué pasaba por aquellos días, todo había pasado a importarme demasiado poco. Había escrito algo sobre la vaca, otras cosas sobre un mudo y una carta a un viejo amigo.

Por aquellos días la facultad estaba hiper politizada. Se había transformado en un nido que los años definirían de qué.

Las viejas llegaban con perfumes de supermercado o perfumería con invisibles sobre el mostrador. El olor que se desprendía de esas lociones era repugnante, sobre todo en ayunas.

Todo se había ido tan a la mierda que algunos ponían una foto de un trébol de cuatro hojas en sus perfiles, con la convicción de que eso les daría suerte. O sea, pensar eso de un trébol de cuatro hojas en medio de un campo donde abundan los de tres, vaya y pase. Es, a fin de cuentas, un hecho extraño, memorable incluso para algunos. De ahí pensar que es de buena suerte, puede sonar a exceso, pero entendible. Pero una imagen diseñada, puesta metodicamente, es demasiado. ¿Qué atribución tiene ese trébol, que hecho fortuito representa? Ninguno. Entonces, lo dicho: todo se había ido a la mierda.

Y había personas –padres- que no le permitían crecer a sus hijos. Que los cuidaban y los trataban como niños, o peor que eso. Los trataban como incapaces, pelotudos, en fin. Y recordé la frase en una pared de un viejo jardín: No hagas por el niño lo que él pueda hacer por su cuenta.
Otro comportamiento que me molestaba de por aquel entonces era el nuevo uso de día de, que se transformó en mes de. Me pareció sobre todo un exceso el caso del día del niño. Primero fue cambiado del primero al segundo domingo de agosto por una cuestión de acreditación de haberes. Luego ya no fue el día del niño, ni el mes del niño, sino el mes de la infancia. Fueron cosas que me molestaron. Mucho. Ya no creía en prácticamente nada.

Y entre esos papeles, ahí estaba:

la rutina,
la oficina,
la burocracia,
las malas noticias,
los chismes berretas,
las frituas,
las malas canciones,
los cortes de luz,
los incendios,
los bares cerrados, triste, vacíos,
el tiempo,
el caos de tránsito,
el pasado,
la cervicalgia,
los callos,
los colectivos,
las cuentas,
los fracasos,
las decepciones,
los sanatorios,
los trabajos precarios,
la alergia,
los deberes,
el barro,
las zanjas,
los golpes,
el alcohol,
y entre todo eso,
apareces,
como un milagro.
Apoyo mi cabeza en tu mano
y descanso sobre tus sillas desvencijadas,
mirando el viejo edificio vacío,
volviendo sobre vos y sonriendo.
Un milagro, pienso:
has venido a recoger tu imagen Y eres mejor que todas tus imágenes.


Tan joven y tan viejo


Tanto alcohol, tanta palabra suelta, tanto humo y tantos deseos de dormir rapidamente
tantas ganas de no sentir
tantos deseos de no ser yo en este instante
tanta sincronización vana, 
más que para escribirte unas lineas.
Tanta noche, tanta nube con amenaza de lluvia, 
tan borroso, 
tan urgente, 
tanto alcohol,
tanta pena desubicada, 
tantos deseos de no ser yo en este instante.
Tanta palabra suelta, tanto pensamiento hilvanado, 
tanto sentimiento indómito, 
tanta perdición, 
tanto temor,
tan joven y tan viejo.
Tanti animaña, tan lento el reloj, 
tan lento el almanaque, 
tan tonto, 
tan locuaz,
tan inesperadamente fatal.
Tanta necesidad que lastima,
tan poco capaz de soportar
los embistes de la realidad, 
los tiempos y los lugares
tan ignorante del amor, 
tan pueril
y encasillado.
Tanta noche, tanta incertidumbre, 
tanto temor de no llevar el control,
de pensar de más y dejarme llevar,
por los hechos más que por la realidad.
Tan tonto,
tan idiota, 
tan poco sabedor del cómo, 
tan poco entendido del gris,
tan irresuelto, 
también un lobo suelto, un cordero atado.
Tan alto, 
tan a ras del suelo, 
tan sobre el nivel del mar, 
tanto deseo inútil, 
tanta veracidad.
Tan tarde que me marcho,
tan temprano que no estás.
Tanto alcohol, tanto humo, 
que ya no veo más allá.