jueves, 27 de septiembre de 2012

OE


Camino ligero por la avenida -tal vez excedidamente prevenido y prejuicioso-  y me aferro a mis pertenencias, que son poco más que poco. A pesar de ello, las cuido y no sé de qué las cuido, porque solo veo gente caminando, baldeando la vereda, circulando por bicisendas hacia el centro, autos que entran a la ciudad, otros que salen.
Es la primera vez que visito el edificio del Distrito Oeste de la ciudad, una mole de cemento construida y preparada para atender a las más de cien mil personas que viven en esta zona. El del Oeste fue el primero que se inauguró y es parte de la descentralización que se puso en marcha a partir de 2004 con el fin de crear “minimunicipios” que controlen la eficiencia de la gestión municipal.

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“El distrito” tiene en un borde el Camino de los Muertos, en otro las vías del ex ferrocarril Belgrano y los límites de la ciudad. El viento no es amable con los que comienzan a hacer la cola para entrar, a las seis de la mañana, sobre la playa enorme que antecede a las puertas.Víctimas de la intemperie hacen pasos cortitos buscando el sol que se esconde tras la arboleda de enfrente. Del otro lado de la calle la gente brota de los pasillos como hormigas. Una puerta se abre por el viento y una casilla humilde queda al desnudo. Nada sobra, todo falta.
Por la avenida que rememora al primer trabajador los colectivos pasan repletos de personas que van apretadas, empujadas, incomodas, hacinadas como animales. Zoociedad moderna, pienso.Una entrada, una salida a la ciudad. Miles de autos que cargan ilusiones fulanas. Pocos imaginan la dura realidad de la zona oeste de la ciudad, qué historias guardan esos pasillos. Allí los hemos puesto todos, ellos y nosotros.

Uno que en otra vida fue un churrero –camisa blanca sobre sueter, gorra roja de estación de servicio y barba raída- viene a mitigar el hambre de la fría mañana por 1 pesito la factura. Madres con sus hijos en brazos esperan –ilusamente- que alguien les ceda el lugar en la cola. Los perros van y vienen, olfatean piernas nuevas buscando, tal vez, nuevos amos. Todos esperan que el reloj dé finalmente las ocho. Hace más de dos horas aguardan y ruegan puntualidad. De repente la puerta se abre. Se eleva un murmullo, una especie de éxtasis mañanero. Presurosa y prolijamente la masa comienza a entrar sin perder el lugar de la cola. Por tramos el de las seis aparece atrás del que llegó a las siete, pero a llegar al primer piso -destino invariable de todos los que hacen la cola- una clase de pacto ubica mágicamente a cada uno su lugar, y se conserva la paz.

Un San Pedro de la administración nos espera en la puerta del Registro Civil. Sin decir una palabra acatará toda la atención. De pronto, una vez que logró el silencio de más de 200 personas con tan solo una mirada, comienza a organizar este asuntito. Un tanto antiguo en el método, pero no por ello menos práctico y eficaz, el hombre da indicaciones a puro grito: "cambio de domicilio a la derecha, DNI a la izquierda, por casamiento al fondo; cualquier otro trámite, espere."  Y en menos de quince minutos la cola que tardó horas en armarse se disolvió.

38 oficinas, una sucursal del banco municipal, venta de tarjetas magnéticas, una dependencia de la EPE, un centro de salud, 18 bancos de espera. La mayor parte de la gente que llega al primer piso es atendida en las cuatro oficinas que corresponden al Registro Civil. Resulta difícil no preguntarse qué hay en las otras 34.

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Caras, caretas y carotas se hacen presentes. Los empleados se cruzan de una oficina a otra y en el camino explican a los recién llegados (ya son las nueve) que no van a ser atendidos, que para eso deben ir “a hacer la cola a eso de las cinco o las seis”. Iracundos y resignados se marchan sin poder cambiar su suerte. Cabellos de todos los colores, padres que parecen hermanos de sus hijos, inmigrantes del norte, algunos chicos bien, estudiantes, sacrificados trabajadores, madrecitas y madrazas, empleados bien dispuestos y de los otros, panzas hinchadas por el hambre y por el hombre, la descentralización y la exclusión.
Todo convive allí, en el oeste de la ciudad, tan lejos y tan cerca.
A las doce en punto se cierran las puertas. A las trece, todo el mundo afuera y como dice el viejo catalán, "vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza". Y los rostros agobiados, a pesar de tener la burocracia más cerca.

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