viernes, 14 de septiembre de 2012


Busqué, busqué mucho hasta que finalmente lo encontré. Estaba guardado entre otros papeles. Amarillos, secos, marcados, rotos, hojeados, olvidados, tremendos. No recuerdo bien qué pasaba por aquellos días, todo había pasado a importarme demasiado poco. Había escrito algo sobre la vaca, otras cosas sobre un mudo y una carta a un viejo amigo.

Por aquellos días la facultad estaba hiper politizada. Se había transformado en un nido que los años definirían de qué.

Las viejas llegaban con perfumes de supermercado o perfumería con invisibles sobre el mostrador. El olor que se desprendía de esas lociones era repugnante, sobre todo en ayunas.

Todo se había ido tan a la mierda que algunos ponían una foto de un trébol de cuatro hojas en sus perfiles, con la convicción de que eso les daría suerte. O sea, pensar eso de un trébol de cuatro hojas en medio de un campo donde abundan los de tres, vaya y pase. Es, a fin de cuentas, un hecho extraño, memorable incluso para algunos. De ahí pensar que es de buena suerte, puede sonar a exceso, pero entendible. Pero una imagen diseñada, puesta metodicamente, es demasiado. ¿Qué atribución tiene ese trébol, que hecho fortuito representa? Ninguno. Entonces, lo dicho: todo se había ido a la mierda.

Y había personas –padres- que no le permitían crecer a sus hijos. Que los cuidaban y los trataban como niños, o peor que eso. Los trataban como incapaces, pelotudos, en fin. Y recordé la frase en una pared de un viejo jardín: No hagas por el niño lo que él pueda hacer por su cuenta.
Otro comportamiento que me molestaba de por aquel entonces era el nuevo uso de día de, que se transformó en mes de. Me pareció sobre todo un exceso el caso del día del niño. Primero fue cambiado del primero al segundo domingo de agosto por una cuestión de acreditación de haberes. Luego ya no fue el día del niño, ni el mes del niño, sino el mes de la infancia. Fueron cosas que me molestaron. Mucho. Ya no creía en prácticamente nada.

Y entre esos papeles, ahí estaba:

la rutina,
la oficina,
la burocracia,
las malas noticias,
los chismes berretas,
las frituas,
las malas canciones,
los cortes de luz,
los incendios,
los bares cerrados, triste, vacíos,
el tiempo,
el caos de tránsito,
el pasado,
la cervicalgia,
los callos,
los colectivos,
las cuentas,
los fracasos,
las decepciones,
los sanatorios,
los trabajos precarios,
la alergia,
los deberes,
el barro,
las zanjas,
los golpes,
el alcohol,
y entre todo eso,
apareces,
como un milagro.
Apoyo mi cabeza en tu mano
y descanso sobre tus sillas desvencijadas,
mirando el viejo edificio vacío,
volviendo sobre vos y sonriendo.
Un milagro, pienso:
has venido a recoger tu imagen Y eres mejor que todas tus imágenes.


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